Tú, mi estrella dormida.
Juan Cortes de Villalpando hacía mas de 2 años que había enviudado y 7 meses de perder a su hija única de 5 años, ambas a causa de una epidemia de cólera, el pequeño pueblo en el hoy Estado de Mexico para ese entonces había sido sacudido por una mano silenciosa y fatal dejándolo casi diezmado e inexistente del mapa, Juan Cortes, como de milagro, había sobrevivido, casi de milagro. Una casa sola y desquebrajada rodeada de un ya muerto y desquebrajado sembradíao era lo que le quedaba de lo que años atrás era la haciendamas rica y fértil de toda la región con mas de 400 hectáreas de prado, árboles de frutas y plantios que abastecián a mas de 600 familias al año... una maravilla de terreno que había sido laboriosamente y con amor inconmensurable trabajado por peones y la famila , esa familia de la que ahora solo quedaba él solo, viudo y sin hija.
Cómo olvidar años previos en el que gustosos los tres bajaban al mercado a comprar artesanía mientras la gente les reconocía alegre y afectusos en las calles, esas calles pueblerinas donde la palabra luz, automovil arean ajenas en espacio y tiempo, esas calles lejanas del s. xviii, cuando olia a canela a las 6 d ela mañana por las casas que preparaban los desayunos con el majestuoso maiz presente en cada plato mesa y hora del país; cómo olvidar cuando madre e hija se paseaban gustosas viendo las flores traidas desde Xochimilco, las noticias de la capital que en ocasiones confundían y asustaban a los locales, cuando madre e hija amorosas visitaban a su amiga que, con recetario creciente, les compartían las mejoresy fabulosas recetas para preparar en casa, amiga de años, Dominga de Guzman, presentaba a los hombres el fruto de manos guiadas por dioses para crear lo mejor de la cocina mexicana.
En estos recordatorios se paseaba triste Juan Cortés reimaginando sobre los restos de su hacienda hoy perdida la majestuosidad de historias y vivencias cuando dos fueron el Cielo y tres el Paraiso y, ahora en uno, era sinónimo del Limbo en vida, así pensando se paseaba Juan Cortés entristecido por las vanas faenas por relevantar su Hacienda hoy perdida estaban siendo infructuosas: al carecer de medios por mucho que la gente quisiera ayudar el esfuerzo no valia la paga que mínimo quisiera ofrecerse: la gente sabiamente no se ofrecía a tarea tan ardua debido a las alimañas que amenazarian su vida escondidas en la maleza: no era que no quisieran o pudieran, es que el riesgo no valía el poco o mucho pago entregable.
Un día, muy temprano se escuchó una voz exigiendo atención desde la puerta de la hacienda, Juan Cortés se levanto confundido, adormilado pero deberoso de atender a los que le visitaran, él sabia que la vida le daba oportunidad, tiempo y espacio de dar trabajo y comida a todos y aceptaba ese compromiso amorosamente en su Hacienda, asi pues, se levanto de la cama y de un lento y decidido paso caminó a la puerta de la Hacienda, muy retirada, llena de abrojo, maleza, polvo y tierra y atendió al demandante:
Cómo olvidar años previos en el que gustosos los tres bajaban al mercado a comprar artesanía mientras la gente les reconocía alegre y afectusos en las calles, esas calles pueblerinas donde la palabra luz, automovil arean ajenas en espacio y tiempo, esas calles lejanas del s. xviii, cuando olia a canela a las 6 d ela mañana por las casas que preparaban los desayunos con el majestuoso maiz presente en cada plato mesa y hora del país; cómo olvidar cuando madre e hija se paseaban gustosas viendo las flores traidas desde Xochimilco, las noticias de la capital que en ocasiones confundían y asustaban a los locales, cuando madre e hija amorosas visitaban a su amiga que, con recetario creciente, les compartían las mejoresy fabulosas recetas para preparar en casa, amiga de años, Dominga de Guzman, presentaba a los hombres el fruto de manos guiadas por dioses para crear lo mejor de la cocina mexicana.
En estos recordatorios se paseaba triste Juan Cortés reimaginando sobre los restos de su hacienda hoy perdida la majestuosidad de historias y vivencias cuando dos fueron el Cielo y tres el Paraiso y, ahora en uno, era sinónimo del Limbo en vida, así pensando se paseaba Juan Cortés entristecido por las vanas faenas por relevantar su Hacienda hoy perdida estaban siendo infructuosas: al carecer de medios por mucho que la gente quisiera ayudar el esfuerzo no valia la paga que mínimo quisiera ofrecerse: la gente sabiamente no se ofrecía a tarea tan ardua debido a las alimañas que amenazarian su vida escondidas en la maleza: no era que no quisieran o pudieran, es que el riesgo no valía el poco o mucho pago entregable.
Un día, muy temprano se escuchó una voz exigiendo atención desde la puerta de la hacienda, Juan Cortés se levanto confundido, adormilado pero deberoso de atender a los que le visitaran, él sabia que la vida le daba oportunidad, tiempo y espacio de dar trabajo y comida a todos y aceptaba ese compromiso amorosamente en su Hacienda, asi pues, se levanto de la cama y de un lento y decidido paso caminó a la puerta de la Hacienda, muy retirada, llena de abrojo, maleza, polvo y tierra y atendió al demandante:
-¡Quién es quién toca tan vehementemente a mi puerta pidiendo mi atención a estas horas de la mañana¡-
El sonido de unas espuelas golpeando directamente a la piedra, directamente a la poca madera que quedaba de aquel portón tan frondoso que era de la hacienda que cubría tantas hectáreas y generaba tantos empleos y que ahora solamente reflejaba el eco de un golpeteo de alguien que con su caballo solicitaba auxilio, apoyo y atención.
Juan Cortés de Villalpando se acercó temeroso y cauteloso, no sabía a qué se debía tanta insistencia, se acercó a la puerta de su otrora hacienda y divisó un jinete, un joven alto vestido con un traje color blanco con espuelas doradas, filigrana y botones de plata, un sombrero engalardonado con una pluma de pavoreal, una figura realmente extraña, sosteniendo de sus manos a dos niños de no más de 8 años que se columpiaban en lo que fueran los cuartos traseros de su caballo, un corcel negro bien arreglado con arreglos dorados, tanto en la crin como las pezuñas así como la larga cola que traía peinada y que relucíaen su haber color azabache, finalmente aceptó la visita y con la mirada le insistió de favor saber cuál era la razón de su visita.
El visitante con mucha confianza se acerca a Juan Cortés y le pregunta:
-Oiga no no son de usted estos dos niños que tiene aquí, en su mirada, los cuales han venido conmigo cabalgando desde hace muchos días?-
-De ninguna manera, No los conozco... están muy niños, ni siquiera como para decir qué son del hacendado de aquí a unos cuantos kilómetros.... no, no no los conozco-
-Oiga, hágame un favor, resguardelos unos días en lo que voy por provisiones en el pueblo aquí cercano, por favor, hágame ese favor, necesitan cuidado, necesitan a alguien que los cobije-
-Discúlpeme, pero creo que se se equivoca de persona que los pueda cuidar-
-Créame, usted los puede cuidar mejor que yo, ándele, por favor sólo un par de días,tres noches, no tardo, voy aquí adelante a un pueblito aquí cercano.-
-Pero es que usted no entiende, que yo no tengo nada más que ofrecerle a estos dos niños, con trabajos tengo yo para alimentarme, yo ya perdí mi ganado, perdí mi siembra, perdí todo hasta mi familia...-
-¿Tiene usted pan duro, dos vasos con agua y una luz para antes de acostarse?... es todo lo que necesitan estos dos niños ,así como los ve cansados lo único que necesitan es algo con que entretener al estómago, ellos son fuertes, por favor ayúdenme, resguarde estos dos niños en su casa, dos días, nada más en lo que voy y regreso del pueblo.
Ante tantas insistencias Juan Cortés terminó cediendo, después de mucho dialogar con el visitante, que entre la amabilidad, la insistencia, lo respetuoso y sorpresiva que era su solicitud, terminó cediendo definitivamente, no había más que pensar, así que los dos niños se quedaron con él esa noche, los niños tan frágiles que se veían a simple vista, pero que creyó en la buena voluntad de aquel viajero, los acogió, preparó dos vasos con agua y el poco pan que pudo encontrar que, aunque duró, servía bien al propósito que aquel encomendador tan furtivo tal cual había aparecido le había solicitado y le había recomendado.
Esa noche Juan Cortés le preparó a los dos niños un lugar dentro de la caballeriza, entre los animales del establo, los caballos y la paja, los niños se acomodaron directamente sobre el piso resguardado sobre la pobre veladora que con trabajos se les pudo conseguir, un pedazo de pan les pudo servir de alimento al menos, a juzgar por el estado en el que estaba, por unas horas el resto estaba ya casi enmohecido pero aún así era parte de la buena voluntad y el compromiso que Juan se había dado a la tarea de hacer cumplir. Así pues sin más palabras que mediar Juan Cortés se dirigió a sus aposentos mientras dejaban a los dos infantes al calor de la paja, los animales y aún al riesgo de que la vela pudiera incendiar cualquier otra parte de la casa; no fue suficiente para estar contento con que estaba haciendo una buena misión, que estaba cumpliendo con la parte honorable de resguardar a dos jóvenes que tenían un futuro por delante, no sabía por dónde, pero presentía que debían tenerlo en algún momento de sus futuras vidas.
A la mañana siguiente, en el ya entrado ya el mes de julio, Juan cortés de Villalpando se despertó con un ligero dolor de cabeza, por un chirrido, por un ruido extraño que toda la noche no lo dejó dormir, camino unos pasos afuera de su casa: la puerta enmohecida y cuasi rota fue lo único que lo despertó, esperaba el olor de la maleza enmohecida, enjuntada, enmontada, que era provocada por tantos años de materia vegetal que se iba acumulando día a día y que se va descomponiendo verano a verano e invierno invierno. Sin embargo cuando dio unos pasos fuera, al voltear a su alrededor, lo primero que observó fué unos árboles frondosos rodeando toda la hacienda, absolutamente toda toda la hacienda, estaba rodeada con esos árboles, es cierto que el resto del campo estaba marchito y seguía igual amarillo, gris, sin color y sin vida, pero esos árboles daban una vista a lo largo y a lo ancho, a la distancia y al Porvenir de aquella que fuera la hacienda más prospera en esos años, una nueva visión... Juan Cortés de Villalpando no sabía qué decir ni qué hacer cuando se acercó al granero a buscar a aquellos jovencitos, los encontró durmiendo plácidamente recobrados de fuerza, los vasos estaban vacíos del agua que había dejado ayer, el pan de igual manera estaba totalmente consumido, no había absolutamente nada, pero una sensación de bienestar y confort plagaba toda la hacienda que cubría ya varios metros adelante de puro verdor de esos árboles que a la distancia tendía los brazos a una nueva vida extraída de quién sabe donde Dios había deseado.
De manera muy extraña todo ese día llegó gente acercándose a los árboles preguntándole a Juan si tenían trabajo para darle el mantenimiento, darle poda, darle atención a aquellos árboles que tan magníficamente empezaban a dar frutos apenas recobrado ocho horas antes.... no sabía que decir ... simplemente dijo...
-Sí adelante por favor, no sé cuanto pueda pagarles.... no tengo dinero... adelante...-
-Sí adelante por favor, no sé cuanto pueda pagarles.... no tengo dinero... adelante...-
-No se preocupe Juan, venimos porque nos gusta este lugar, nos ha visto crecer, lo hemos visto prosperar, hemos visto a su familia crecer, desarrollarse, caer ante la peste, amamos esta tierra, déjenos trabajar, es más por favor ayúdenos aunque sea nada más si eso a su Merced, que cada uno tome tres o cuatro frutos al día de lo que trabajemos que esa sea nuestra paga..-
Conmovido por la petición, Juan C. de Villalpando aceptó y dejó que la gente de ese pueblo que tantos años le había circundado, empezar a trabajar esos árboles, a limpiarlos a podarlos y regarlos, a fertilizarlos, a recoger los frutos que rápidamente crecían y ese día, ese primer día, en que los vio crecer y madurar y a la gente tan exultante, fue uno de sus primeros días que en años no recordaba haberse sentido tan feliz, tan lleno de esa energía que todo hombre necesita sentir después de años de tanta amargura, de tanta pérdida y de tanta aflicción.
Llegada la noche una vez más les dejó a los dos jóvenes un pedazo de pan, una veladora y dos vasos con agua, de alguna manera sabía que ellos debían de estar ahí; no podía explicarlo: desde que ellos llegaron la vibra de la casa cambió, esa sensación de hogar había vuelto de alguna manera extraña y pese a que no podía darle mantenimiento a la necesidad de que todo ser humano en crecimiento necesitaba tampoco renegaba de la presencia y tampoco solicitaba que salieron de su propiedad, así entonces decidió guarecer a los dos niños una vez más dentro del cobertizo donde los animales dormían, esperar a la noche cabeceando mientras leía un libro en su buró en su alcoba desquebraja de en la que antes fuera a una casa pintada de blanco con duelas colores doradas, piso de mampostería, azulejos color azul, dorado y blanco, la talavera por todos lados y los cubiertos plateados que habían sido traídos directos desde Oaxaca; ese lugar de esa casa, donde hace muchos años habia carnes frías colgando de la cocina haciendo ahumados día a día mientras cocinaban y que hoy, pese al recuerdo, pese al amplio vacío que ahora estaban ocupando solamente el suspiro de lo que el ayer fue, misteriosamente dos jóvenes, dos niños lo llenaban y desbordaban de esperanzas, de deseos y vivacidad una vez más.
A la mañana siguiente una vez más despertándose con un hálito de incertidumbre y de miedo salió y tomó dos pasos afuera de su casa esperando ver los mismos árboles grisáceos o, porque no, únicamente esos árboles que el día anterior habían tenido frutos esporádicamente, no tenía fe en que volviera a repetirse el milagro, sin embargo la gloria en sus ojos, la maravilla en sus pupilas se reflejó cuando tornando vuelta a su casa deslumbró un sembradío lleno de jitomate, maíz, frijol, acelga, haba, avena, trigo; en un espacio recóndito había arroz, había sorgo, había calabaza, tomatillo, los árboles estaban cargados de manzana, naranja, mango, tornja, aguacate, cacao.... a la sombra de la huerta muy al fondo había melón, sandía, papaya, pasos a su casa había uva, durazno, hacia el extremo oeste había plátanos, en otro extremo al oeste había nopal, había pitaya y tuna; en otro pequeño espacio creciente de manera misteriosamente sembrados y cuidados surgian hongos y setas de todas formas, sabores colores, texturas y aromas, además muy escondidos sobre el techo, sobre el canal que deja caer el agua de la lluvia, había panales de abeja, enormes que destilaban la miel,
miel que al caer le recordaban a Juan aquellos gloriosos momentos en el cual toda su Hacienda estaba llena de vida y que una vez más con el brillo del sol, esa miel que se incrustaba en el piso de su casa, gota a gota, permeaba las pupilas, permeaba sus ojos y llegaba hasta lo más recóndito de su espíritu recordándole que lo divino de la vida seguía en esas tierras, en algún momento oculto y que sólo de él debería salir y resucitar para volver a enervar esas tierras.
La gente seguía acercándose a aquella extraña Hacienda que ahora estaba creciendo y estaba surgiendo de vida, Juan Cortés de Villalpando decía: -adelante acérquense a mis tierras tomen lo que necesiten a modo de pago porque no tengo dinero...- y la gente ferviente y amorosa de esas tierras, de aquel vecino, que tantos años les dio trabajo, les dios frutos frescos a su mesa aceptaban con todo el corazón y le trabajaban desde la mañana hasta el anochecer, que era cuando los dos jóvenes que habían caído cómo de un paraíso perdido dormían a la luz de una vela, sedientos de un vaso de agua y hambrientos de un pan duro extraídos de algún lugar desconocido de aquella casa donde con amor se le recibió de buena fe.
Así entonces llegó el tercer día en el que los dos jóvenes cobijados por el calor de aquella vela y de los animales en el establo se entregaban al último sueño, que que el viajero les había prometido era necesario, pero Juan Cortés no lo sabía tomó su libro de los pocos que sobrevivían y tras una lenta lectura empezó a caer dormido sin saber que a lo mejor sería el último día de ver a aquellos dos jóvenes que se le había encomendado bajo las alas de su hacienda que ahora empezaba a crecer. Eran las 4 de la mañana cuando escuchó un ruido moviendo las ramas de los maizales, de la avena, los árboles frutales sacudiéndose manzanas y naranjas cayendo y un golpe en un vidrio que rompió el cristal que daba al acceso a su casa; despertó y bajo asustado con un machete en la mano pensando que habían entrado ladrones pero lo único que hayó fue una naranja y una manzana en su sala, al salir con machete en mano y gritando -¿Quién era aquel que estaba dentro de su propiedad?- lo único que escuchó fueron dos voces difuminadas en la noche y, siguiendolas, las llegó al centro de la cosecha de maíz que tenía en ese momento lista para ser entregada y que esperaba a los vecinos, caminó temeroso y a media andar se encontró con todos figuras blancas, como la neblina, cayó de espaldas preso del miedo.
Una de las voces con la reconocible voz de su esposa se acercó a él:
-Tú, mi cielo, aquel que se esforzó tanto por mí, ahora mira tus frutos, tu fe, el amor a esa tierra con la cual nos hiciste crecer, me hiciste sentir dueña del mundo, dueña de todas las cosas buenas, te vengo a gratificar, te vengo a agradecer por todo ese fuerzo y tu dulce sufrimiento que has llevado estos años.-
Acto seguido la voz de una niña se acercó para dedicarle unas palabras:
-Tú, papito, gracias gracias a ti por todo este esfuerzo que diste por mí, todas estas tierras, todo ese esfuerzo, toda esa salud y ese alimento que tanto luchaste por mí; la pena no va contigo por eso mamá y yo venimos hacia ti para ayudarte a crecer y recordar lo que es que alguien se esfuerce por ti, que hay alguien que te ama aún en la muerte y qué mejor que tu esposa y yo, como tu hija, que vengamos a recordarte lo que es que aún en la muerte siempre hay seres que te aman..... gracias, muchas gracias.-
A la mañana siguiente encontraron a Juan Cortés tirado en el campo, lo despertaron con agua y cuando volvió en sí, creyendo que todo era un sueño, alcanzó a ver que toda su Hacienda resplandecía del dorado y el verde que es solamente un campo lleno de vida; no supo después si esa visión de su esposa y su hija había sido un sueño pero estaba seguro que había una gloria muy adelante, que debía de fructificar en esas tierras y aunque después de 1821 muchos campos terminarían desquebrajados y lleno de muertos, al final de estas historias el recetario de Doña Dominga de Guzmán habría de ser encontrado y gracias a una editorial terminaría redescubriendo lo que el cacao, el maíz , el chile, el frijol podrían hacerle a un mantel y a unas ropas que se llegan a manchar porque la rudeza y la pasión por el cual las tierras son cultivadas eso no muere, solamente se enseñan de padres a hijos y de Juan Cortés de Villalpando se dice que en su lecho de muerte llegó un caballero de blanco,con espuelas de oro y plata, acompañado de dos niños, le dijo:
-¿Quieres cabalgar comigo mi amigo?-
-¿Quieres cabalgar comigo mi amigo?-
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