El carmesí de mi madre

Aún recuerdo de niño como me gustaba la casa de mis abuelos, era un pequeño Edén en miniatura, rodeado de arboles y un pequeño huerto en la parte posterior de la misma, había un aire tan fresco por las mañanas que podía ver las gotas de rocío caer de hoja en hoja, para en ocasiones es aterrizar sobre algún bicho rastrero, que ajeno a su al rededor, recibía el golpe húmedo de los buenos dias. Recuerdo ese manzano del que con mis primos amarramos una llanta para volverla un columpio o la ocasión fallida de crear una casa del árbol... tantos recuerdos que no sabría de que otro modo ordenarlos, aunque debo aclarar que si de orden se trataba, para ello mi abuela se "pintaba sola", cada cuarto en cal, yeso y pintura blanca, resaltaba floristería de la mesa y los adornos de las paredes; todo era impecable, aroma fresco por demás, olor a lavanda, rosas, gardenias, tulipanes, velo de novia, azucenas, violetas... podía ver hasta 30 tipos de flores distintas cuyos nombres me fueron olvidados por el tiempo.
Esos días, ahora lejanos, son una especie del néctar del alma cuando la pena embriaga y desea un trago de felicidad nostálgica, resonadores recuerdos para el corazón fatigado por el "trajín" diario de casa-trabajo-casa, recuerdo que era tan intenso el aroma que inclusive era innecesario usar algún perfume para la ropa, los cuartos con pisos y muebles de madera se impregnaron de flores, es más, me atrevería a decir que ese lote, esos árboles, esos herreros, albañiles... nacieron para crearme un idilio infantil de recuerdos cargados en flores, era mi felicidad pura... pero olvidaba que mi abuela, tal cual flor que era, se marchitaba día a día.
Fue una mañana de abril que un grito nos despertó:
-Hija!- era mi abuela, que despertó aterrorizada, adolorida y trastornada.
Mi madre corrió, la vio y asustada trato de entender que pasaba: un infarto, la flor cayó en cama sin pétalos, fragancia ni aroma; rápido, así fue todo, sin decir más,  mi madre tardo unos instantes en entender, antes de caer desconsolada al pie de la cama, mi abuela yacía con ojos cerrados, como una rosa, tal vez un clavel... no sé, se nos congeló en el tiempo.
La enterramos ese mismo día, no sabía porque, esperaba velorio, procesión, nada de eso hubo; de regreso a casa mi madre serena, al menos más que esa mañana, sostenía un viejo libro de horticultura, con anotaciones a pluma de mi abuela, sin expresión, tomo una hoja, la doblo y la guardo bajo su blusa roja... extraño gesto para mi, aunque por mi tristeza no pregunté, guardo el libro, se dirigió a la cocina y preparó la cena, cena común y corriente a las demás.
No hablamos de nada más, mi mamá,i papá, mis tíos, primos no dijeron palabra alguna, hasta que el mayor de mis tíos rompió el silencio:
-Que haremos con las flores?-
-Yo creo que deben quedarse o ¿ quien quiere dar más?- respondio mi mamá.
Nadie respondió a su pregunta, no entendía yo la importancia de las flores.
-Yo quisiera que al menos la casa siga oliendo a esas flores que nos unen- agrego un tío menor.
-Para que? Ahorita sería triste eso, por respeto a ella sería mejor irnos a otro lado- interpuso mi mamá.
Al día siguiente, todos salieron a sus respectivas casas, mi mamá y papá empacaron cosas, mías y suyas, nos dirigimos a un hotel, unos días para distraernos y superarlo.
Durante el viaje, por el retrovisor, viendo mi tristeza, mi papá me dijo, algo muy extraño, me dijo algo así como "tu madre y tú tienen sangre de flores, no estés triste, la gente buena florece y es bella y a su alrededor todo es bello", debo admitir que la frase fue muy chistosa, tenía apenas 10 años, imaginarmelo todo literalmente fue de lo más simpático que hubiera pasado por mi mente hasta ese momento y con esa idea en mi cabeza llegamos al hotel.
Paso una semana y regresamos a casa de mi abuela, no había flores, estaban vacíos los floreros, no había ramas, restos... nada,mi mamá suspiro, sollozo y con una sonrisa dijo "adiós mamá, buen viaje".
Pasaron los años, crecí, me casé, tengo dos hijos de 3 y 5 años, una parejita, visite a mis padres, mi mamá feliz platicaba conmigo en el jardín mientras mis hijos jugueteaban con su abuelo, durante la plática, le pregunte a mi mamá sobre la extraña sentencia de mi padre traa el funeral de mi abuela, sin dejar de arreglar las rosas, con sonrisa en la cara, rozó una espina, un pinchazo, una gota de sangre brotó y cayó a tierra: espantado, cai de espaldas, de la tierra brotó un crisantemo.
-Cada flor que ves aquí hijo, es el regalo de sacrificios, heridas en el camino que tuvieron su fruto, lágrimas, decepciones, pero también triunfos, alegrías, este jardín está lleno de todo eso- explico mi mamá.

Se levantó y me condujo a una maceta donde estaba una babiana, hermosa, purpurea, delicada a la vista y al olfato:

-Esta "niña" salió de una lagrima cuando, enojado con tu papa, lloraba en silencio en el jardin, la lagrima que cayo  dio a luz esta flor que ahora ves... dos dias despues me enteré que estabas dentro de mí-

¿Como reaccionar antes esta declaración tan intensa?, que responder,no sabia si llorar, abrazarla... fue todo mas allá delo que hubiera imaginado.

-Hijo, las flores se marchitan, se quiebran, cada una es lo que dejas a tu paso, pero no dejes en cualquier lado, ve bien donde las dejas, finalmente ellas,a la larga, dejaran la flor mas preciada de todas: la flor de tu recuerdo en la gente que te rodea en vida-

Mamá falleció tres días despues, al día siguiente su tumba cargaba flores sin fin, todos aromas y colores, los enterradores no se explicaban el porque,pero mi nariz y mi cabeza se enlozanaban con vivencias y enseñanzas convertidos en flores,flores que justamentehoy, tras el paso de los años, 18 para ser exactos, mis hijos,ya casados ahora viven felices en sus nuevos hogares,... perdón... me lastimé la mano con la que escribo... una grapa...que hermosa babiana en esa maceta junto a mi puerta...

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