La encrucijada de su vida.
Allá en los lejanos tiempos de cuando los virreyes aun gobernaban la hoy la República Mexicana vivía en la casa marcada con el número 75 de la Calle de Empedradillo, Azucena Ortiz, señora de carácter fuerte y ojos almendrados y tez apiñonada que gustaba de los lujos de la alta sociedad aunque fuera mas humilde que el tendero que vivía a su lado, Azucena gozaba en cuanto podía de comprar vestidos, ropas, comida que harían pensar que mínimo era sirvienta de la casa de algún mayorazgo, sin embargo solo era casual cuando adquiría estos lujos,cuando la venta de zapatos de su marido le permitía, así pues debía, de vez en cuando, esperar para sacudirse el polvo de la miseria así sea solo por encima, para colocarse las finas alhajas heredadas de su bisabuelo, ese sí, encomendado de la provincia de Taxco, en el hoy estado de Guerrero.
Cada tres o cuatro meses se juntaba lo necesario para mínimo comprar un pedazo de queso, pan, vino y unas rebanadas de jamón, todas perfectamente bien seleccionadas, hasta había ocasiones que se hacía acompañar de alguna hermana para que el toque a dama de alta clase fuese mayor, caminaba erguida, altiva, exagerando sus maneras y su paso, acelerando un poco mas para que su hermana quedara ligeramente detras; los que realmente eran de clase alta notaban las deficiencias, se burlaban en secreto cuando la veian pasar, era el tema en toda la ciudad el día que andaba fuera, mientras que Azucena era ajena de lo que se decía a sus espaldas.
Un dia, muy de madrugada, tocaron a su puerta, insistentes golpes propinados a la madera de la puerta recien cambiada debido a la última inundacion, asustados por la insistencia, se asomaron por el balcon, viendo cuatro señores con capa esperando con un caballo, el marido de Azucena grito:
-que quereis aqui?-
-La Señora Azucena Ortiz, esta en vuestra casa?
-Si soy su marido, para que la quieren?
-La Señora Azucena Ortiz, que baje aqui.
La terquedad y las escuetas respuestas de los hombres aunado a un acento extraño de los visitantes tenía nervioso al marido de Azucena y espantada a esta; tras varios intentos fallidos de esclarecer el propósito de tan extraña visita, el marido de Azucena bajo las escaleras y abrió la puerta molesto... para que a su sorpresa no encontrar a nadie, la calle es amplia, no habría forma de esconderse con un caballo o correr sin ruido y eco a lo lejos, mas molesto aun cerro la pesada entrada y al llegar de nuevo a su casa los golpes no cesaron, se asomo y ahí estaban, los cuatro personajes extraños y su caballo.
-maldicion! que quieren aqui?
-La señora Azucena Ortiz, que baje aqui-
De cuenta nueva, preguntar y solo recibir la misma respuesta de los cuatro extraños, cansada de la escena, Azucena bajo a la puerta, abrió temerosa.
-La Señora Azucena Ortiz, venimos por usted, venimos a entregarle esta joya que se le cayo.
Acto seguido, le mostraron una cruz de plata, antigua sin lugar a dudas, finamente labrado con un rubí a modo de corazon, en la parte trasera remarcado, un padre nuestro en latín, sin embargo la cruz era extraña, los brazos eran idénticos, mismo grabado, misma longitud, solo había una muesca leve en uno de ellos, muesca que hecha artesanalmente no se veía hecha con un clavo o cuchillo.
-Pero, esto no es mio, en serio- alego Azucena
-No pertenece a la señora esta pieza de plata?- pregunto uno de los cuatro hombres
-No, para nada, no es ni de mi familia siquiera-
-Conservelo hoy y recapacite si es de usted-
Acto seguido, los cuatro montaron en el caballo y desparecieron entre las calles sin dejar rastro.
Azucena entro en su casa, aun temblorosa, el frio de la madrugada, los nervios... entro a su casa, en silencio... cual fue su sorpresa de ver el suelo de mármol de Carrara... pero solo una parte, una franja, en un angulo de unos grados se abrían en abanico resplandeciendo el mármol tras un crujido, cenizas al vuelo... asustada cayo al piso y el abanico de cambios se movió de posición ahora hacia el frente de ella, el buro se cambio en una vitrina, al menos a la mitad, siempre respetando ese angulo, esa abertura como abanico... una vitrina hermosa, de madera barnizada de negro, cinco niveles de madera e ébano, con repisa de cristal, candiles, floreros, platería y vajillas de cerámica de Talavera aunado a candelabros de plata... la vista era hermosísima, pero... ¿porque?.
Su esposo atónito observaba lo que pasaba, anonadado, cayo de rodillas... mientras que Azucena se alzaba para ver ahora los lujosisimos zapatos y el vestido que llevaba, seda de China, encaje de oro, botones de plata, fieltro francés... finalmente recordar el crucifijo... lo miro atenta: a donde dirigiera la punta con la muesca del crucifijo, a modo de una lámpara, se alumbraba todo lujosamente, invito a su esposo a recuperarse de la sorpresa, a levantarse, así apunto el crucifijo hacia la cocina, la cual paso a ser una hermosa cocina gourmet, de sus paredes cubiertos de azulejo blanco y azul, pendian jamones, quesos curados, una pierna de borrego, un costillar de ternera, pescado ahumado, hierbas de olor de todo tipo... la alacena deslumbrante con mas talavera azul, blanca con filigranas, copas de cristal de todas formas y tamaños y el aroma de un mole de olla recién hecho salía por la puerta... el piso de mármol... el techo de mampostería blanca.... Azucena invito a su esposo a tomar algo de la cocina, un pedazo de jamón por ejemplo, su marido temeroso se acerco, Azucena apunto nuevamente el crucifijo, su marido tomo el jamón, pero... horror a sus ojos, sí, tomaba el jamon, pero con sus manos cayendo su carne a pedazos, infestada de gusanos, cadaverica su mano cojia la carne de un serrano maduro... al ver su extremidad solto el pedazo que al caer fuera del rango del crucifijo se torno un pedazo de tortilla, al revisarse la extremidad estaba sana y jovial... ¿que hacer ahora, cómo disfrutar de esos lujos sin deshacerse en pedazos?
-Azucena, ¿de donde sacaste esa cosa?-pregunto el marido
-Me lo dieron los cuatro hombres con caballo hace rato-
Discutieron por varias horas, intentando explicarse lo que había ocurrido y que podrían hacer con ese objeto maldito, sin embargo las posibilidades de riqueza se veian opacadas con los efectos sobre el cuerpo humano.
Discutiendo y alegando, Azucena vio que la muesca tenía el tamaño justo para un hilo, así que, dejando a su marido unos instantes, corrio al costurero, cogió un hilo de algodón y lo paso a través del hueco del crucifijo.. se lo colgó al cuello y al voltear miro estupefacta la casa desprendiéndose en cenizas, entre crujidos de madera y la vibración del inmueble dejando atras, al fin, el piso de mármol de blanco de carrara, la casa con mampostería blanca, nueva, retoques con oro y remates en las escaleras con madera de ébano, ciprés... la casa horas antes humildemente decorada de blanco descarapelado ahora hasta relucía mármol y oro, un palacio.. volteo a su marido temerosa... no lo vio, corrio a la habitación... ahí estaba... engalanado de pies a cabeza, un conde, marques... quien sabe, tenía mas lujos y opulencias que un rey... alegre, porque no se descarnó de una pieza, Azucena corrio a abrazarlo, sus días de gloria y elegancia habían llegado al fin, pero todo tenía un costo.
Ese dia no salieron, temerosos de lo que la gente diria, sin embargo, pese a ver su balcon renovado hasta la delicadeza, nadie se acerco a preguntar, ni a cuestionar, nada extraño pasaba, de cualquier forma decidieron esperar, no habian trabajado ningún zapato... ¡los zapatos!, ¿que son de ellos?, el marido corrio al cuarto-taller, pero en su lugar encontró una amplia biblioteca, aunque con trabajos podían leer, encontraron que casi sabían de memoria cada libro, cada obra.. ¿que era esto obra del cielo o trampa del diablo?, no podian decirlo, esperaron pasar los dias mientras veian las obras del extraño crucifijo, mintras tanto se deleitaban el paladar, dinero no faltaba... sin embargo aun no salian de casa, no habia necesidad, comida tenian, vino, frutas... todo, hastabquebtras una semana, Azucena salio a la calle, aturdida por las paredes de la casa que extrañamente siempre presentaban la misma temperatura, los ventanales, así con sol como con lluvia siempre entraba sol en abundancia, cuando Azucena salio la gente le abrió el paso, le reverenciaban como duquesa o emperatriz, camino así una hora al rededor, no llovió ese día, era magnífico el tiempo, camino con una paz que no entendía la amabilidad hacia su figura la hacían sentir segura, sin estrés... nada era mas perfecto, el parque de la Alameda, visitar la Catedral con otro porte, otros ojos, otro espíritu.
De regreso a su casa quiso hablar con su marido, este no respondió inmediatamente, tardo y cuando lo hizo estaba llorando, con la impresión de oirlo llorar Azucena corrio a verlo, estaba en el piso, rodeado de un charco de sangre, misma que iba desapareciendo como si el piso la bebiera.
-Dios mío, que te ocurrió!?- pregunto asustada
-En cuanto saliste... mi quijada... se cayo... y sangré, intente levantarla y mis dedos se doblaron como trapo, no sentí las piernas porque estaban descarnadas.... hasta que entraste... -sollozando el marido le conto, como pudo, lo ocurrido.
Azucena le levanto y vio que ya todo estaba en orden, no entendía que pasaba, hasta que cierto día decidió volver a salir, pero le sugirió a su esposo quedarse un pie adentro de la puerta y ella daría uno hacia afuera; así pues tomándose de las manos, dando un paso hacia atrás, Azucena salio... un ojo de su marido sollozo sangre y se derritió, un pie se carcomió con todo y ropa, él perdió casi el equilibrio, se sostuvo pero su mano se disolvió al aire... Azucena entro precipitada, entre el pánico y los gemidos secos de su esposo, al entrar su marido estaba integro, elegante y altivo. Acto seguido, abrazandose para consolarse decidieron hacerlo a la inversa, el saldria y ella quedaria dentro... se tomaron de las manos, se miraron a los ojos, el lloro pues temia el indecible dolor y ella de perderlo salvajemente....
-Te amo-
Se dijeron tras 25 años de matrimonio arreglado y prosiguieron al plan....
Él dio un paso afuera y en ese instante, la casa se enmoheció por fuera, se cubrió de maleza en cada resquisio, las vigas cayeron por dentro, una piedra cayo en la cabeza de Azucena.... su marido dio un brinco hacia adentro, aterrado de ver el craneo abierto de su esposa, se acerco, empujo la piedra.... se encontraron en el sillon, la casa íntegra...
-Azucena, ¿qué es lo que tienes colgante del cuello?, mira lo que nos ha hecho a nuestras vidas, la casa, tu, yo...!deshazte de el¡-
El marido reclamaba, sin darse cuenta que ambos envejecían segundo a segundo mientras conversaban.
-Esposo mío -replico ella- lo entregaremos entonces en cuanto los jinetes regresen, los dos bajaremos y se lo daremos, no quiero perderte, veo como te duele y sufres descomponerte en vida.-
Su marido no replico, solo soltó a llorar, asintiendo y recordando el indecible dolor, ardor y tristeza de verse asi.
Abrazandose dias y noches, con las muestras de afecto mas intensas que pudieron darse en esos años, por primera vez se sintieron amados uno por el otro, hasta esa mañana en que la puerta fue violentamente golpeada.
-¿Quién es?- gritó el marido desde el balcón.
-La señora Azucena Ortiz ¿vive aqui?-
Reconociendo la pregunta y el acento, respondió tranquilamente que Sí y que bajaría en el acto, a lo cual se tomaron de la mano, bajaron juntos, con firmeza y determinación como pareja, con el crucifijo en mano, abrieron la puerta encontrándose con los cuatro jinetes y el caballo.
-La señora Azucena Ortiz, ¿es usted?- preguntó uno de los extraños.
-Sí, soy yo y él es mi marido, ¿qué desean?-
-Es de usted un crucifijo que le entregamos hace días?
-No ni mío ni de mi esposo-
Con los dedos entrelazados, ella y el extendieron sus brazos con el crucifijo colgante, entregándolo en un movimiento firme y conciso a la unisona voz de:
-No es nuestro, ¡llevaoslo de aqui!-
Acto seguido los jinetes tomaro el cruifijo, desparecieron, así como llegaron ese día así se esfumaron, no se volvió a saber de ellos, mientras que Azucena y su esposo, hasta el último de sus días, compartieron la dicha y felicidad que un zapatero, nuevamente humilde, trabajaba en su pequeña casa blanca descarapelada, su esposa apreció el trabajo que hacía, dejando de malgastarlo cada vez que podía hasta el día que ambos durmieron para siempre.
Y cuentas que en secreto, un edil de Guerrero visito la Ciudad de México trayendo consigo una notificación firmado por un juez para arreglar cierto sepulcro familiar, con lo que los restos fueron exhumados, engalanados y puestos en una cripta de mármol de carrara con adornos en oro,plata... era el edil familiar y bisnieto de Azucena que venia a entregar la parte de un testamento olvidado de años atrás y así, por siempre, vivieron con los lujos que tanto merecieron en vida.
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