Pidió oro y oro fue.

    A cinco calles del Ex-Convento del Carmen en San Ángel, caminaba un hombre, jovial aunque desaliñado, un cabello húmedo en sudor de meses, ropa acartonada de polvo, suciedad y semanas enteras de no ser cambiada, paso ágil, casi bailado, un muchacho de apenas 17 años: era Arturo Hernández, un joven que en plena Ciudad de México del s. XXI, decidió jugarsela al vivo con la suerte abandonando sus estudios en sus días de más rebelde,  refugiándose en un bajopuente por Av.  Churubusco, andando día a día buscando la forma de ganar un sustento, no faltaban peleas callejeras, aventones del transporte público, corretizas por perros que, hambrientos, y ya casi en estado salvaje, buscaban desaforadamente la comida del diario, que en varias ocasiones están en manos de Arturo.

    Dicen ahora que la mente citadina es incapaz de apreciar, imaginar o aceptar que cosas como las que le pasaron a Arturo tuvieron lugar ya avanzado este siglo, no es para menos, el sur de la ciudad aún tiene ese halo de magia y misterio en cada plazuela y callejón, ya sea en Iztapalapa o Coyoacán, las noches de diciembre que hacen que uno sueñe y su alma vuele entre aromas de café, pan, música en el kiosco, todo gracias a los 400 años  de historias que oculta la Ciudad de México.

    Era mediados de diciembre, días aromáticos a navidad, vibraciones melancólicas, Arturo caminaba por el exconvento del Carmen, viendo al piso en busca del pan caído, la torta olvidada, el alimento mal recibido, así deambulaba concentrado en su vital y habitual tarea, cuando un perro pequeño, color gris o blanco... difícil saberlo, era de madrugada, fría, sin luna, en un punto en que la calle quedaba extrañamente sin luz del alumbrado público, entre las sombras, Arturo vio que el pequeño animalito dejaba algo en el piso, un objeto metálico, dorado... el animalito lo miro a los ojos, invitando a Arturo a recogerlo.

    Con su mano derecha, Arturo recogió lo que pensó que era una moneda pero al verla un poco hacia donde había luz, vio que era un disco de oro, delgado, muy ligero, que tenía inscrito:

"Con tu mano derecha alzame al viento
Pide tu deseo y arrojarme al sacramento,
Verás que de día finaliza el tormento,
Pero ¡Ay! desdicha de momento
A tí si equivocas el pedimento."

    Arturo intrigado pero a la vez burlón por lo que el disco decía volteo a ver al pequeño can que en ese momento, para sorpresa y susto de nuestro joven vagabundo, estaba sentado en sus cuartos traseros con la cabeza al revés cantando mientras brincaba y en su cola, saludando, una mano humana se sacudía mientras se perdía en la noche.

    Sin poder gritar Arturo cayó al suelo, temblando mientras sostenía el disco con su mano, poco a poco recuperaba el aliento, se pellizcaba, golpeaba tratando de convencerse de que fue un sueño, alucinación... todo fue en vano, todo fue real, volteo hacia el disco, alzó su mano y pidió su deseo, algo ya simple, que no era necesario pensarlo:

"Dinero y no pasar hambre."

    Murmuró, cerró los ojos... un momento... ¿arrojarlo al sacramento?, pensó en la iglesia, era lo más obvio... pero la iglesia no era un sacramento, ahí se llevaban acabo algunos sacramentos, cosa distinta... así que miro al rededor... vió pasar a otro vagabundo frente la iglesia, santiguandose... ahí está la pista... Arturo corrió y en ese punto  encontró un grabado en piedra de la fachada de la misma iglesia, la representación del bautismo, dió unos pasos atrás, con su mano preparó el disco y lo arrojó, golpeando la piedra en un firme y metálico sonido, el disco cayó al piso, con asombro, el disco aceleró y se perdió al cruzar la calle, todo y pese a seguirle con la mirada, de súbito le entró la idea ya acercándose a culpa de no haber tirado el disco, bien pudo haberlo vendido, pero era muy tarde, algo lo había orillado a seguir esas ridículas instrucciones y pensando en todo ese asunto, lentamente, busco cartones y un lugar para dormir, aunque sea unas horas para recuperarse del susto de aquel extraño animal.

    Ya de mañana, Arturo se levantó, de muy buen humor, una sensación de confort y satisfacción le invadía, una especie de calor reconfortante de ese tipo que embarga a los que nada le deben al fin a la vida y al mundo, no sabía que era lo mejor era ir por el desayuno, un atole, un tamal, un pan, pero no sentía hambre, ¿sera posible que su deseo se cumpliese?, no, no era posible, seguramente seguía asustado o era muy temprano, busco un reloj:  las 7 de la mañana... así que prefirió esperar mas tiempo.

    -Qué extraño,- pensó Arturo- eran ya las 6 de la tarde, ni hambre ni sed, nada, pero se sentía jovial, jugó fútbol con otros sin hogar, los vió comer, beber...nada le daba ganas de comer o beber, ni vistas ni aromas, todo alimento le era indiferente, todo ese día no le prestó importancia, asi hasta que, como costumbre, le dió sueño y busco refugió para dormir.

    A la mañana siguiente se repitió la misma situación: ni hambre ni sed, nada de esa urgencia por la cual paseaba por la ciudad y qyue era menester como a cualquier otro ser viviente sobre la faz de la tierra, un dia se volvió dos y esos dos se tornaron tres, tres en cuatro.... así hasta hacer un mes entero... sin comer ni beber, sin sentir fatiga, sin sentir ni siquiera esa desesperante y frustrante sensacion de ver comer y no comer, es más, para hacer aun mas extraña la vivencia notó que ni siquiera adelgazaba, es m{as, se tornaba mas atlético, músculos marcados como si fuese al gimnasio, sus conocidos de la calle le hacian notar lo rápido que habia ganado complexión atlética, y comprobaban la fuerza y firmeza que habia adquirido en brazos y espalda a la par de ganar peso aunque Arturo no lo notase.

    Un dia, entre juegos rudos, Arturo recibió un izquierdazo contundente en la quijada, su labio se abrió y, en asombro, los que observaban veían que en vez de rojo de sangre salia un líquido amarillo metálico, Arturo se asombro, se impaciento no saber que era, todos lo miraban extrañados, el juego se detuvo, Arturo corrió bajo el puente mas cercano y se oculto espantado puesto que era un liquido espeso, mas que la sangre, no paraba de brotar, aunque poco a poco descubrió que si se detenía pero tras cuatro horas de molesto escurrimiento por todos lados; sin saberlo, mientras tanto, el rumor del padecimiento de Arturo se corrio entre los que no tenían hogar, de toda la ciudad llegaron a ver a Arturo, al punto de agarrarlo a tubazos y pedradas para cerciorarse que no eran chismes ni leyendas urbanas, no había dia en que no se topara con alguien que le propinase una patada, un puñetazo, una pedrada, todo para ver si era cierto, el dorado en la piel, de tanta herida, había manchado la mugrosa ropa que tenia al grado de que se le empezó a llamar "El Dorado", mejor apodo no podía haber encontrado,

    Arturo "El Dorado" ahora perdia poco a poco la cordura que le quedaba, sus malpasadas anteriores por no tener que comer, drogas, vida dura y cruel de la calle y ahora el no tener hambre ni sed y no saber por qué y encima de todo la extraña afeccion que tenia, estaba minando y erosionando su salud mental, rehuía de todos, su jovialidad y desbordante felicidad ahora le preocupaba, sentía gritar de alegria, pasion , su cuerpo le controlaba, le obligaba a sonreir, a brincar a bailar pero su cabeza estaba aterrada porque no podía parar ese impulso y sabía que salir era recibir una paliza, además, en el tiempo que se habian dado cuenta de su afección alguien notó o tal vez intuyó, que ese liquido amarillo, era oro.

    Una mañana, de todo el sur de la capital, varios grupos de decenas de vagabundos caminaban, discretamente, por las calles de la ciudad hacia donde estaba Arturo, iban armados de palos y piedras, con el propósito, el thiner, la ambición y la desesperación en la mente, desangrarían a Arturo de una vez por todas: si era sangre huirían,pero si era oro saldrían de pobres de una vez por todas, el cuerpo sería su prueba para salir de juicio libres; se acercaban paso a paso hacia el bajo puente de Arturo que, en ese momento dormía.

    Arturo despertó, le dolía la cabeza, pensó que era el no comer, pero se intensificaba cada vez más,  a la vez sentía cólicos en todo el abdomen, recordaba no haber ido al baño en semanas, en todo el mes, el ya casi tercer mes en ese estado, su vientre estaba inflamado hasta el dolor al tacto pero empeoraba cada vez más, dolía tanto que para levantarse era un sufrimiento total, le costaba respirar, cualquier cosa le hacía doler hasta lo insoportable, cada minuto que pasaba, el dolor se incrementaba... estaba mareado, ansioso, sin siquiera poder hablar porque el esfuerzo de respirar para hablar le provocaba un dolor en el vientre indecible; sin saberlo, por fuera, su pequeño refugio de cartón, era  yarodeado por ambiciosos indigentes que estaban dispuestos a ordeñar la sangre de Arturo en busca de oro, de riqueza fácil, así que iban en silencio, madrugada de marzo, cuando aún a oscuras se desato la pesadilla:

    De la pequeña casa de cartón se oían los alaridos de Arturo, dobles: por el dolor de sus cólicos y el dolor que le provocaba esforzase para gritar, pataleaba, se revolcaba como si ardiera por dentro, ojos, nariz, oídos, boca.... cada orificio emanaba a modo de sangre ese liquido amarillo que ahora brotaba a chorros lentos, espesos y dolorosos, a cada brote Arturo gritaba y se desgañitaba entre los desgarradores gritos, le ardía la garganta, se inflamaba su vientre a niveles extremos, perdía el aliento y recuperarlo era solo para poder gritar y arrancarse el alma y mente a gritos, cada vez gritaba más fuerte, cada vez era más desgarrador el tormento que emitía de su desgastado cuerpo, hasta que hubo un grito seco, agudo, estridente, tras el cual una explosión, con el que las alarmas de los coches cercanos se encendieron, ventanas se quebraron, transeúntes que pasaban a esas horas fueron derribados al piso... los indigentes consternados, estaban en el suelo por la explosión.

    Al acercarse, los que pudieron, encontraron una carnicería insólita, había piel por todos lados, piel humana, explotada desde adentro, toda la zona estaba bañada en un liquido amarillo metálico, había monedas, alhajas, pendientes, rubíes, zafiros, entre los restos, encontraron dos perlas , esféricas pero con una coloración muy especial. que emanaban cierta tristeza, angustia, y melancolía, esas perlas, al contemplarlas con cuidado, se dieron cuenta que tenian el color de los ojos del joven y jovial Arturo "El Dorado" Hernandez a sus diecisiete años. 

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